Opción B
Mi Tita fue una mujer feliz. Siempre la recuerdo entera, independiente, pragmática, haciendo lo que le gustaba. Tejía suéteres con paciencia, veía la tele desde su sillón y jugaba canasta con sus amigas de toda la vida. Vivía sola.
Mi Tito murió a los setentaytantos de Alzheimer. Siempre me pregunté cómo podía alguien morirse de olvido. Olvidarse de comer, de soñar, de dormir, de respirar. No recuerdo mucho esa otra vida que tuvieron como abuelxs; seguramente fue distinta. La última etapa es la que tengo más clara. Ella feliz, tranquila y plena.
Todas las mañanas y todas las noches se tomaba un cóctel de vitaminas. Cocinaba solo para ella, comida práctica. Pollo congelado que compraba en una de esas tiendas chihuahuenses medio agringadas donde todo está readytoeat: se calienta, se sirve y listo. Le gustaba la pechuga de pollo, el pollo empanizado, el pollo relleno de jamón y queso, el pollo a las hierbas finas. A veces, en lugar de pollo, elegía pescado, con verduras congeladas y arroz a la mexicana. Tang de naranja para tomar. Todo listo en diez minutos. Y no podía faltar 100 mexicanos dijeron, con Marco Antonio Regil; si supiera que ahora es coach de vida.
Mi prima Alejandra me dijo un día: tu Tita es mi heroína, la vi manejando, me rebasó como si nada. A sus ochenta y tantos. Seguro iba a jugar canasta a la casa de alguna de sus amigas. Jugó hasta el último día. Recuerdo que cada año que la visitaba faltaba una de ellas; se iban muriendo año con año. Un día me contó: ya se murió la señora Legarreta. La señora Legarreta era su gran y mejor amiga.
Mi Tita me heredó su sonrisa. La veo cuando me toman una fotografía riendo: la veo a ella y me veo a mí. Todas las noches se quedaba dormida en su sillón viendo su novela. En esos momentos era cuando me ponía a platicar con ella. Me contaba la trama y me actualizaba de los chismes de los actores principales, que siempre tenían vidas personales muy dramáticas. Pero luego seguía platicando y me contaba historias de su vida, casi todas muy chistosas. Nos reíamos. De lo atrevida que fue cuando dejó que un pintor desconocido le hiciera un retrato al óleo siendo joven. Del cambio que representó irse de la Ciudad de México a Chihuahua cuando se casó con mi Tito. De cuando le cambió el pañal a uno de mis tíos y no supo cómo hacerlo y lo dejó todo rosado. De cuando le picó un panal de abejas a mi papá.
Un día me contó de cuando nadaba. Iba a Acapulco a nadar kilómetros en el mar y estuvo seleccionada para ir a los Panamericanos. Siempre supimos que no fue porque se casó. De niña pensaba que tal vez casarse era más importante que ir a los Panamericanos; no entendía cómo una cosa podía cancelar a la otra. Luego, más grande, por intuición más que por historia, haciendo cuentas, entendí que casarse era casi un sinónimo de embarazarse. En la última Navidad que pasamos juntas, mi mamá le preguntó: señora, ¿y a poco nunca más volvió a nadar?, ¿en el club o en algún lugar?
Mi Tita siguió jugando canasta. Desde que tengo memoria siempre había dulces para la canasta en la alacena. Mi hermana y yo nos los comíamos a escondidas; chocolates Hershey de todos colores y sabores, campanitas plateadas, dulces duros con pasa adentro y las chocoretas. Había otros que no me gustaban tanto, pero siempre eran los mismos.
A sus noventa le quedaban dos amigas vivas. Ella no fue la última en morir, fue la penúltima. Le dio un paro respiratorio una noche tranquila. Estaba viendo su novela en su sillón y le pidió a su cuidadora que le hablara a mi tía Luly para que fuera a acostarla en su cama. En lo que Luly llegó a su casa y mientras la llevaban, ella y su cuidadora, hacia la recámara, por más rara que suene la situación, mi Tita murió. No es la primera historia que me hace pensar que existe algún tipo de intuición en ciertas muertes.
Mi Tita fue una mujer feliz. Vivió más que mi Tito y enterró también a un hijo y a un nieto. Lo bueno fue que no tuvo que enterrar también a mi prima Ceci. Cuidó y quiso a todos sus hijxs. Y nunca, nunca volvió a nadar. Ni en el club, ni en el mar, ni en ningún lugar.
Extraño las novelas y los dulces de la alacena.